Bienestar

Consejos importantes para los primeros meses

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L

os padres, que habitualmente toman de común acuerdo la decisión de traer un hijo al mundo, deben mantener la misma sintonía tras el nacimiento. Para evitar las posibles discrepancias y facilitar una labor que debe ser compartida, es importante que los padres dialoguen y expongan de antemano las propias expectativas, deseos y opiniones respecto al hijo y a su crianza, acordando el papel que cada cual va a desempeñar en ella y las responsabilidades que está dispuesto a asumir. Al fin y al cabo, tener un hijo aporta numerosas experiencias positivas y desarrolla en los progenitores unos lazos afectivos capaces de superar con creces las dificultades que pudieran surgir en su cuidado y crianza.

La confianza
Con el progreso del embarazo, y por más tiempo y energías que se hayan dedicado a prepararse para saber cuidar del bebé, crece muy a menudo la sensación de sentirse poco capaz de ello. Esa inseguridad es un sentimiento absolutamente normal en personas responsables. Y si las madres afirman que con el segundo hijo todo les resulta mucho más fácil, no es tanto por lo que han aprendido con el primero, sino por la confianza que han adquirido en sí mismas. En todo caso, es razonable sentir una cierta ansiedad, pero también conviene pensar que la naturaleza no hace tan mal las cosas. Los bebés no son tan frágiles como aparentan, y si los animales saben lo suficiente para sacar adelante a sus cachorros, la especie humana también puede hacerlo. De hecho, es recomendable que los padres recurran más a su instinto y sentido común, y aprendan a olvidarse de tópicos e ideas equivocadas, que a veces se acumulan casi inconscientemente.

La información
La madre primeriza, más receptiva a cualquier información sobre los bebés cuanto más próximo es el nacimiento del suyo, lo lee todo y lo pregunta (o escucha) todo (y de cualquiera), acabando abrumada por un exceso de información que presenta la crianza como una complicadísima labor. Suele estar confundida por opiniones tan tajantes y aparentemente seguras como contradictorias, y con un bagaje de tópicos, exageraciones y errores, que pueden llegar a ser peligrosos y hacerle perder la confianza en el propio sentido común.
Ante la aparente autoridad de la letra impresa, de la voz de la experiencia y del llamado saber popular, es preciso mantener una actitud crítica y no aceptar ninguna norma que carezca de explicación. Cuanto más categórica sea una afirmación, con más cautela debe ser analizada. Por ejemplo, los bebés no deben mamar cada tres horas, sino que suelen hacerlo aproximadamente con esa frecuencia, y eso a partir de la semana de vida; pero tampoco es exacto decir que sólo han de comer cuando lo pidan, porque al principio y hasta que cogen fuerza, conviene no dejar pasar más de dos o tres horas sin ofrecerles alimento... Sin embargo, podemos admitir que si tienen hambre deben comer, sea la hora queEl primer contacto con el recién nacido suele provocar una fuerte reacción afectiva, pero si algunas madres no sienten en ese momento unas emociones tan positivas como se anuncia, tampoco hay que extrañarse, pues eso no significa que no vayan a poder querer y cuidar a su hijo perfectamente sea, porque ésa es una norma absolutamente lógica.
Conviene también ser precavido ante los bienintencionados consejos de amigos y familiares, que tienden a generalizar a partir de la propia experiencia. Todos los niños son distintos y la receta que pareció irle bien a uno no tiene por qué valer necesariamente para otro, de modo que hay que ser prudente y no hacer demasiado caso al aluvión de opiniones y críticas que cae sobre los nuevos padres. La familia transmite de generación en generación creencias y prácticas que pueden ser erróneas y que obedecen más a la tradición que al sentido común. Afortunadamente, suelen ser más engorrosas que nocivas pero, equivocadamente, inician a los padres en el mal hábito de prescindir del recurso más importante de que disponen para ejercer su tarea: la razón. Así, mojar el cordón umbilical no es ningún crimen (otra cosa es mantenerlo húmedo), tocar con naturalidad la fontanela (la "mollera") de los recién nacidos no les causa el menor problema, ni tienen por qué pasarse un mes sin salir a la calle. Pero lo peor de mantener esas creencias no es que algunos padres se vean obligados a lavar a su bebé "a trozos" durante las dos o tres semanas que puede llegar a tardar en caer el cordón o que una sospechosa costra prolifere sobre su intocable fontanela, o que el aburrimiento consuma a la familia entera hasta que acaba una gratuita cuarentena, sino que, al aplicar normas sin sentido común, se empieza a creer que la crianza es un proceso misterioso y difícil, cuando en realidad no es así.
Es cierto que es un camino no exento de dificultades, que hay que estar dispuesto a aceptar con paciencia. Por ejemplo, los primeros días de lactancia materna pueden resultar agotadores y son muchas las madres que sufren un estado depresivo después del parto; obstáculos, sin embargo, que la maternidad pronto compensa con creces. Por otro lado, el primer contacto con el recién nacido suele provocar una fuerte reacción afectiva, pero si algunas madres no sienten en ese momento unas emociones tan positivas como se anuncia, tampoco hay que extrañarse, pues eso no significa que no vayan a poder querer y cuidar a su hijo perfectamente. Es incluso posible que el llanto y las exigencias de un bebé inquieto abrumen tanto a los padres que en algún momento lleguen a tener algún sentimiento de rechazo hacia él, pero dando por descontado que no se va a convertir en hechos, no hay que alarmarse ni culpabilizarse por ello.

Escrito por: F. Eroski

Fuente: consumer.es

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