Influencia de nuestros antepasados

influencia-de-nuestros-antepasadosRecuerdo la primera fiesta a la que me invitaron, tenía apenas 10 años. También recuerdo que mi mamá me dijo “Tere, no bailes con nadie, bailar no es correcto”. En ningún momento me cuestioné la razón por la que podría ser incorrecto bailar, simplemente pensé en que el mandato venía de mi madre y, evidentemente, no debía desobedecerle.

Cuando llegué a la fiesta, bebí refresco, escuché música y vi la actuación de los payasos. Hasta entonces todo iba muy bien, pero llegó el momento cumbre de todos los cumpleaños: “Quien no baile no come pastel”, gritó la mamá del festejado, un niño de 11 años que por cierto ya empezaba a atraer mi atención.

Tan pronto escuché la frase, desfilaron por mi mente pensamientos aterradores que por lo general tenemos cuando somos niñas. “Mami me dijo que no bailara con nadie, pero si no bailo, no comeré pastel”. Eso sonaba a una trampa que me había tendido el diablo para ver si caía, y luego de bailar, el pastel que me comería seguramente tendría veneno, moriría y quizá me iría al infierno por haber bailado y principalmente por haber desobedecido a mamá. Por otro lado, si no bailaba, podía llegar a casa con la conciencia tranquila, le diría a mamá que aunque no pude disfrutar del pastel por no bailar, mantuve mi honor y no me dejé llevar por la tentación.

Afortunadamente nada de eso sucedió. No bailé y me dieron pastel, el cual estaba delicioso. Conforme pasaban los minutos la música sonaba más fuerte y pasó lo que tenía que pasar. Mi amigo, el del cumpleaños, sacó a bailar a las otras niñas, y cuando se presentó mi oportunidad de bailar con él no pude aceptar, yo nunca bailaba porque “no era correcto”, y mientras pensaba en eso la mamá de mi amigo ejercía presión para que me integrase al grupo. Finalmente bailé. Por momentos me detenía pues me sentía mal, quizá culpable por haber desobedecido a mamá.

Los años pasaron y llegó la adolescencia. Mis amigas se reunían durante los descansos entre clases para platicar de las reuniones a las que iban los fines de semana, en las cuales siempre bailaban sin parar. En la televisión y la radio sólo se escuchaban ritmos pegajosos que ponían a bailar a cualquiera, sobretodo a los jóvenes de mi edad. Yo seguía sin entender porqué bailar era incorrecto para mi familia, mientras que para todos los demás era algo común. Pero la idea ya estaba muy arraigada en mi estilo de vida, agregado a que, a esas alturas, me había vuelto una persona totalmente arrítmica.

Todos estamos determinados por una enorme cascada de influencias que viene de todo nuestro árbol genealógico. Cuarenta años después tuve la oportunidad de platicar con mamá acerca del tema. Fue hasta entonces que se tomó el tiempo para contarme que lo mismo le decía mi abuela cuando ella era joven y nunca cuestionó sus órdenes ni sus ideas, por lo que mamá repitió el mismo patrón en mí, sin saber a ciencia cierta el motivo, así fue educada ella y por lo tanto yo debía crecer de igual manera. Era parte de la ideología de la familia, algo así como pasar la batuta a la siguiente generación. Creo que hasta ese momento mamá se preguntó lo mismo que yo: ¿por qué no era correcto bailar?

Es increíble la manera en la que se repiten las costumbres e ideas en nuestra familia a pesar del tiempo, pero más increíble es cómo podemos repetir los esquemas bajo los cuales crecimos y fuimos educados, muchas veces sin cuestionarnos qué tan conveniente es hacerlo.

Bert Hellinger, psicoterapeuta alemán, parte de la idea de que el ser humano es un ente grupal. Para la existencia de un hijo es indispensable la existencia de unos padres, y para la existencia de esos padres fue indispensable la existencia de los suyos, y así sucesivamente. Cada ser humano es el final de una pirámide de muchos seres humanos que han sido indispensables para su existencia. Cada nuevo vínculo enriquece los sistemas ya existentes, ampliará su historia y será responsable del grado de salud física y emocional de las generaciones presentes y futuras. La familia es un sistema abierto que tiende a autorregularse para asegurar su supervivencia, y a su vez sus integrantes se nutren, interactúan y se vinculan con otras familias, llegando a construir clanes, grupos, comunidades, sociedades y naciones. Todos ellos se enriquecen de innumerables virtudes, pero a su vez se obstruyen por innumerables conflictos que tejen a lo largo de los años. Según Hellinger cada familia entrega a sus miembros una información particular que ha sido tejida y construida a través del tiempo y de su propia historia particular.

Conoce tus orígenes

Las culturas orientales, a diferencia de las occidentales, han honrado siempre a sus antepasados pues saben que forman parte de nosotros mismos. Honrarlos significa conocerlos, analizarlos, darles las gracias y finalmente conocernos a nosotros mismos. Cuando tomamos conciencia de que llevamos nuestra genealogía por dentro, y de que podemos expulsar algunos sufrimientos, nuestra vida puede cambiar. Incluso hay hermanos que a pesar de llevar el mismo árbol genealógico, asumen de diferente manera la carga familiar.

Secretos de familia una carga muy pesada

Los secretos pueden llegar a ser una carga muy pesada para los descendientes, pues son elementos de la historia que han quedado fracturados y que el resto de la familia no tiene la oportunidad de procesar psíquicamente. Cuando la historia familiar se ve alterada, algunas raíces quedan rotas y siempre salen, de una forma u otra, vestigios de duda o sospecha que regresarán en cualquier momento. Muchas personas piensan que al ocultar la verdad están salvando a toda su familia, sin embargo siempre es más saludable conocer estos secretos, y asumirlos.

 

  Según Hellinger, todos los seres humanos traemos información de las vidas de las que procedemos tanto a nivel psíquico como a nivel físico, es a lo que llamamos herencia genética, es aquello que se encuentra impreso en lo más profundo de nuestro ser, en nuestros genes y en el inconciente colectivo de nuestra familia, y tiene la capacidad de ser transmitida de generación en generación.

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