Mi balance de tu existencia

Escrito por: Ana Lilia Solís

No tengo la intención de hacer homenajes o reproches póstumos, sólo se trata de no reprimir los sentimientos que me ha causado tu partida. He pensado mucho en el día que te perdí, y no fue el 27 de mayo de este año. Para pesar de mi buena memoria, tampoco recuerdo la fecha exacta en que sucedió.


Desde niña admiré tu inteligencia y quería llegar a ser como tú para los cálculos, para el canto, para el dibujo. Deseaba hacer la letra como la tuya y escribir ambos tipos de taquigrafía. Soñaba con que tú te sintieras orgulloso de mí al ver que había heredado tu capacidad.
Desafortunadamente, nada de eso sucedió, porque la vida nos pone pruebas que no siempre podemos manejar a nuestro favor.
Tengo en mi memoria a un padre ausente: físicamente, debido a tus múltiples viajes derivados del trabajo; sentimental y espiritualmente, debido a intereses fuera del círculo familiar. Puedo decir que me acostumbré a esa ausencia, tanto que cuando estabas era como ver a un extraño.
Pasaron los años y fui creciendo, con el crecimiento llegó la madurez, y con la madurez han ido llegando la empatía, laA pesar de todo, me siento en paz contigo, creo que no nos quedamos a deber nada. Seguramente no fui la hija ideal, pero he aprendido que los ideales no existen serenidad, la certeza, la paciencia.
También con estos años llegaron mis hijas, que han crecido al igual que yo, con un padre ausente. Y fue entonces que te volví a encontrar, porque hiciste para ellas y con ellas, todo lo que durante mucho tiempo añoré de ti. Comprendí que aún con tus fortalezas y tus debilidades, podías dar y hacer mucho más de lo que yo ya no esperaba. Viviste a tu manera, y tu esencia seguirá viviendo para mí.
Palabras más, palabras menos, nos conocimos a la perfección, y seguramente con actitudes y miradas nos dijimos más que si algún día nos hubiéramos sentado a platicar. Sin embargo, el “hubiera” está ahí. Me hubiera gustado platicar contigo y decirte que quería entender tu sentir, tu proceder, tu manera de vivir. Decirte que aunque no te entendía, existía un respeto y un cariño especial hacia ti.
A pesar de todo, me siento en paz contigo, creo que no nos quedamos a deber nada. Seguramente no fui la hija ideal, pero he aprendido que los ideales no existen.
Hace ya varios años que superé los obstáculos de tu enfermedad y gracias a ello soy ahora una mejor persona. Una mujer a la que tu muerte le duele. Una mujer a la que ese dolor le ayuda a crecer y madurar más. Una mujer recelosa de perder su fortaleza. Una mujer que, a pesar de su plenitud, vuelve a ser una niña temerosa al darse cuenta de que extraña tu presencia, en los pequeños y grandes detalles, mucho más de lo que llegó a pensar.

Escrito por: Ana Lilia Solís

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